El acuerdo

Por Marilinda Guerrero Valenzuela

No podemos decir nada de esto.  

El abuelo voltea a ver a su nieta. Su mirada refleja el brillo del descubrimiento.  Sus  agrietadas manos  estrechan las de Sonia, que acepta la frase imperativa  y responde muy seria. 

Sí, esto queda entre nosotros. 

Él se pone de espaldas con los brazos y la mirada extendida al cielo. 

Desconecta mi geolocalización, yo desconecto la tuya. 

Sonia palpa con la piel de sus dedos buscando algo que le indique cualquier elevación en la espalda de su abuelo, algo que marque la presencia de un geolocalizador. 

Aquí está.  

Ella sonríe con los ojos cerrados. 

Hazlo con fuerza, responde el abuelo, mientras realiza una inhalación profunda.

Ella presiona firmemente la piel con ambos pulgares, imaginando que destripa un barro. 

Ya está.

Ella se voltea, extiende los brazos y  la vista al cielo. El abuelo busca y encuentra el implante con mayor facilidad. Lo desconecta. 

Ambos se miran, sonríen con la complicidad de quien hace una travesura y a la vez un gesto de rebeldía. 

Voltean a ver el tesoro: lo que buscaban desde hace mucho tiempo ahora está frente a sus ojos. 

Habían huido de la ciudad cada vez más calurosa, sin vida, cuyas calles adornadas de anuncios de aves, bosques artificiales y agua embotellada rodean los sectores exclusivos. Donde ellos vivían, por las noches,  las siluetas de los murciélagos podían verse volar. Con el verano se escuchaba a las chicharras predecir la lluvia. “Cuando los chichirines cantan es porque viene la lluvia”, decía su abuela, en los tiempos donde aún la tierra y el agua eran libres.

La joven cierra los ojos para disfrutar del encuentro. El abuelo introduce los dedos en el líquido para activar los sensores del recuerdo del fluir del agua en el cerebro y la magia se desata: las papilas gustativas generan saliva; abre la boca, lleva sus manos mojadas a la cara, saca la lengua, degusta. 

Su corazón se acelera.  La temperatura en su cuerpo  desciende bruscamente, así como la ansiedad que llevaba encima desde hace muchos días.

De muy niña, Sonia acostumbraba salir por las noches a ver las luciérnagas y jugar a perseguirlas; bajaba al río, tomaba agua y luego en casa se sentaba sobre la mesa mientras los abuelos decidían la cena. Todo cambió una noche con la llegada de la nota de una empresa debajo de la puerta.  

Ella lo observa extasiada de felicidad. Llevaba mucho tiempo sin sonreír, el abuelo. 

Ambos  se quitan las sandalias, se sientan en la orilla. El abuelo se arremanga el pantalón. Ella también. Introducen las puntas de los dedos de los pies, luego las pantorrillas. Cierran los ojos. 

Su abuela no pudo resistir la lenta asfixia del río. A pesar de las advertencias, de la lucha, del grito de ahogo del río K’ajb’om, escenario de Jun Ajpu e Ixb’alamque, a todos los vigilaron, y encarcelaron a varios líderes sin justificación alguna. Ella y el abuelo vieron cómo los animales y las aves migraron; cómo la tierra se fue agrietando, los chiquirines se silenciaron y las luciérnagas se apagaron mientras el metal invadía el suelo. El aire viajó en forma del ruido de la maquinaria y la sierra, recordando que habían sido invadidos y despojados. 

El fluir del agua entra en el sentido de sus oídos como una revelación divina. Escuchan su risa al sentir las caricias que le hacen con los dedos de los pies. Se recuestan en la grama que rodea el pequeño oasis para sentir, vibrar.

En este sitio no existe ni se siente el olor al metal. 

Quisieron controlar por medio de chips al que velara por el ecosistema. A los guardianes. Ellos migraron en busca del agua para esconderla de los depredadores, de los asesinos de la vida. 

Mientras duermen sobre la grama, una pequeña hormiga se sube al brazo de Sonia. 

Ella voltea a ver al insecto y sonríe. 

Quisiera ser una hormiga, susurra, mientras su abuelo muestra una serenidad que hacía mucho tiempo no veía.  

Seremos hormigas m’hija, responde su abuelo.  Nos cuidaremos entre todos para que  no nos quiten nuestra libertad, la vida. Nunca más. El espíritu de la abuela lanzó un conjuro al viento, llamó a los demás guardianes para que protegieran este paraíso. De ahora en adelante andaremos sin miedo. 

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